sábado, 18 de mayo de 2013

Funerales en la cultura árabe

En la cultura árabe cristiana -en concreto hablaremos de lo que se vive en Tierra Santa- hay unas tradiciones muy fuertes, que se mantienen transmitiéndose de familia en familia desde hace siglos.
Una de ellas es la que se refiere a las exequias y los funerales.
Si una persona fallece, los vecinos tienen la obligación de ir lo antes posible a la casa del difunto para dar sus condolencias a la familia, y a la vez para ofrecer sus casas. Hay costumbre de enterrar al difunto, si no hay nada que lo impida, en menos de 24 horas. La costumbre es que el velatorio se tenga en la casa del difunto. En ese lugar estarán las mujeres velando el cuerpo. Pero hace falta otra casa, ya que se reunen para las condolencias de forma separada hombres y mujeres. Por eso los vecinos tienen que ofrecer la suya, para que se puedan juntar allí los hombres.
Habitualmente, en esos momentos de duelo, se ofrece un café muy espeso, y que sabe bastante amargo. Se quiere recordar con esta amargura el dolor que sienten la familia y amigos por la pérdida del ser querido.
Se celebra un funeral y después se procede al entierro. Una vez terminado el entierro solamente los hombres se pondrán en fila para que todos vayan pasando a mostrarles sus condolencias. Después hay una recepción en una sala muy grande donde se recibe a todos de nuevo. Se sientan en las dos partes de la gran sala, en una los hombres y en la otra mitad las mujeres. La tradición es que se vuelva a servir el café amargo, y se da a comer un pan típico.
Tiene mucha importancia la Misa funeral que se celebrará a los 40 días del fallecimiento. Tradicionalmente son 40. Si no se puede celebrar en esa fecha por razones litúrgicas, se celebrará el día antes de que se cumpla esa fecha. A esos 40 se restarán días según el número de hijos que haya tenido el matrimonio de la persona fallecida. Por tanto, si tuvieron por ejemplo tres hijos, el funeral se celebrará tres días antes de los 40.

sábado, 11 de mayo de 2013

Jerusalén: Polis, más que diálogo II


Además de trabajar juntos, la dedicación a los idiomas aporta un elemento esencial para cualquier diálogo. Una anécdota puede ilustrar la importancia de las lenguas en esta tierra. José Manuel, un gallego que trabaja en Polis, comentó a la empleada del banco –hebrea- que habían empezado cursos de árabe, a lo que ella replicó: “Quizá me vendría bien, pues ahora cuando escucho hablar árabe siento miedo”. 

La división de las lenguas es una dificultad evidente. Por eso fue muy animante lo que ocurrió con los alumnos al final del primer curso intensivo de árabe en julio de 2011. Los profesores los llevaron, para practicar, a la puerta de Damasco de la Ciudad Antigua, donde se instala un mercado árabe cada día. Israelíes y extranjeros chapurreaban el árabe que acababan de aprender con los vendedores de los puestos y éstos les seguían la corriente en un clima de diversión. En ese ambiente distendido, todos disfrutaron y terminaron encantados de la experiencia. No hay duda de que la lengua, vehículo de diálogo y de cultura, está en la base del entendimiento entre los pueblos. Naturalmente, para esto hace falta un aprendizaje bien estructurado y con métodos actuales, y en Polis se aplican tanto a las lenguas modernas como a las antiguas. Incluso con éstas, se habla desde el inicio únicamente la lengua que se aprende. Los resultados son sorprendentes. Por ejemplo, hay alumnos de los niveles avanzados que hablan entre ellos en griego koiné como si vivieran en el siglo I, pues no tienen otro idioma común.

Lanzar una iniciativa así, no es tarea fácil y no resultaría posible sin la generosa colaboración de quienes ven con proyección el impacto sociológico y cultural que puede llevar a cabo este instituto. Uno de los benefactores que apoya el proyecto es un profesional jubilado que tenía como afición el estudio del griego y de los clásicos. Le contaron de esta iniciativa, que aspira a tener estudios de grado e investigación, y se interesó mucho. En un viaje a Jerusalén quiso asistir a clases de griego, que ya conocía bastante bien. Después de hora y media de clase del primer nivel, estaba tan entusiasmado viendo a los alumnos hablar en griego que al enterarse que comenzaba otra clase de hora y media del segundo nivel, quiso asistir también a ésta. Su ayuda ha permitido preparar una nueva sede y otorgar algunas becas para el Master bianual en Filología Antigua que comenzará el próximo mes de septiembre.

En estos momentos el instituto cuenta con alrededor 140 alumnos, repartidos entre griego, hebreo bíblico, hebreo moderno, español –en colaboración con el Instituto Cervantes de Tel Aviv-, árabe dialectal y árabe literario. En el mes de julio se repetirán los cursos intensivos de árabe y hebreo, a los que se añadirá uno de siriaco clásico, también hablado.

Un objetivo común, trabajo en equipo sobre la base del respeto mutuo, y enseñanza de árabe para hebreos y hebreo para los árabes, constituyen la receta singular de este Instituto para construir una paz duradera en este mosaico de culturas, razas y religiones que es Jerusalén. 

José Enrique de Castro Manglano

sábado, 4 de mayo de 2013

Jerusalén: Polis, más que diálogo I

Ocurrió aproximadamente hace diez años. Un diplomático que llevaba poco tiempo en Jerusalén, sentado en la sala de estar de una familia árabe comentó que tenía datos para prever una rápida solución al conflicto Palestino-Israelí. La señora más anciana de la casa se echó a reír sin conseguir controlarse, mostrando una mezcla de escepticismo y resignación, eso sí, con una buena dosis de sentido del humor. Hasta hoy, el tiempo le ha dado la razón. 

Y es que la incomprensión entre las distintas partes enfrentadas, hace recordar el episodio de la torre de Babel, cuando los hombres dejaron de entender la lengua de su compañero y dejaron de construir su ciudad, símbolo del orgullo con el que querían escalar el cielo. Como en aquella catástrofe bíblica, también hoy reina la confusión en el Medio Oriente y nadie se explica cómo después de tanto tiempo, árabes y judíos siguen sin entenderse. Uno tiene la sensación de que un lado y otro mantienen líneas paralelas que se tocan… en el infinito. Llegará la paz, sí -no perdamos la esperanza-, pero ¿cuándo?, ¿de dónde puede venir un cambio?

No basta un diálogo vacío de contenido, en el que sólo participan los que ya están convencidos de que hace falta el diálogo. Para llegar a la comprensión entre personas de las distintas comunidades presentes es necesario vencer viejos prejuicios que impiden apreciar las cualidades de los demás y contribuir así a que no vean en el otro a un extraño. 

¿Cómo contribuir a este cambio social? En el Instituto Polis de Jerusalén están convencidos de que nada es tan eficaz como compartir objetivos, afrontar proyectos comunes y trabajarlos juntos. Es verdad que Polis no nació para fomentar la paz, sino para desarrollar el estudio serio de las lenguas que están en la base de la cultura occidental y su relación con el Medio Oriente. Pero en la práctica trabajan juntos judíos, musulmanes, cristianos y drusos sin dar importancia a las diferencias. Gentes tan diversas tienen en común el deseo de paz, de honestidad, de solidaridad, un amor al trabajo bien hecho, una apertura a la trascendencia, etc., valores que llamamos cristianos porque el cristianismo los ha descubierto en la naturaleza humana y los ha formulado explícitamente. El clima resultante de comprensión y amistad que se ha formado en los menos de dos años de existencia del Instituto es prueba de que hay espacio para la esperanza.

José Enrique de Castro Manglano

sábado, 27 de abril de 2013

Prohibido robar cadáveres


Una vez pasado el sábado, al amanecer el primer día de la semana, algunas mujeres se dirigieron al sepulcro. Eran conscientes de las dificultades con las que se iban a encontrar al llegar para poder entrar, pero no se acobardaron y siguieron su camino. 

Al llegar tuvieron la fortuna de ser las primeras en contemplar el prodigio. En efecto, San Marcos cuenta que mientras iban andando “se decían unas a otras: ¿Quién nos quitará la piedra de entrada al sepulcro? Y al mirar vieron que la piedra estaba quitada; era ciertamente muy grande. Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron asustadas. El les dice: No tengáis miedo; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron” (Mc 16, 3-6).
Un primer hecho real desde el punto de vista histórico es que el cadáver de Jesús, al amanecer el tercer día tras su muerte en cruz, ya no estaba en el sepulcro donde lo habían dejado. Había desaparecido. 

Una noticia como esa corrió veloz de puerta en puerta, de casa en casa, y de tienda en tienda por las callejas de Jerusalén que estaban abarrotadas de gentes desplazadas a la ciudad santa para celebrar la Pascua. Comerciantes, soldados, viajeros y curiosos iban intentando conocer más detalles. El cuerpo de Jesús de Nazaret, que había sido crucificado y murió a la vista de todos los que entraban en la ciudad, una vez bajado de la cruz, había quedado en el sepulcro. Pero al amanecer el tercer día, la losa que sellaba la sepultura había sido abierta. Dentro no había cadáver alguno.

El revuelo de comentarios en torno a la desaparición del cadáver, que comenzó entonces a correr, llegó tan lejos que fue necesaria una llamada oficial al orden por parte de las autoridades romanas. En Nazaret se ha encontrado una inscripción del siglo I dC. que es testimonio elocuente de lo alto que llegaron los rumores levantado por el suceso.

La losa de piedra de mármol con la inscripción se encuentre en el Cabinet des Médailles de París formando parte de la colección Froehner. La inscripción está en griego, y en su encabezamiento lleva las palabras «Diátagma Kaísaros»(Decreto del César, es decir, ordenanza imperial). El texto completo dice así:

"Ordenanza imperial. Sabido es que los sepulcros y las tumbas, que han sido hechos en consideración a la religión de los antepasados, o de los hijos, o de los parientes, deben permanecer inmutables a perpetuidad. Si, pues, alguno es convicto de haberlos destruido, de haber, no importa de qué manera, exhumado cadáveres enterrados, o de haber, con mala intención, transportado el cuerpo a otros lugares, haciendo injuria a los muertos, o de haber quitado las inscripciones o las piedras de la tumba, ordeno que ése sea llevado a juicio, como si quien se dirige contra la religiosidad de los hombres lo hiciera contra los mismos dioses. 
Así, pues, lo primero es preciso honrar a los muertos. Que no sea en absoluto a nadie permitido cambiarlos de sitio, si no quiere el convicto por violación de sepultura sufrir la pena capital."

Para la autoridad imperial no cabía otra explicación que un robo, lo que ya de por sí suponía un gran delito puesto que se trataba de la profanación de una sepultura, pero es que, además, en este caso, el suceso había encrespado mucho los ánimos. 

La resurrección de Jesús causó un fuerte impacto en sus discípulos. Los Apóstoles dieron testimonio de lo que habían visto y oído. Hacia el año 57 San Pablo escribe a los Corintios: «Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce» (1 Co 15,3-5).

Cuando, actualmente, uno se acerca a esos hechos para buscar lo más objetivamente posible la verdad de lo que sucedió, puede surgir una pregunta: ¿de dónde procede la afirmación de que Jesús ha resucitado? ¿Es una manipulación de la realidad que ha tenido un eco extraordinario en la historia humana, o es un hecho real que sigue resultando tan sorprendente e inesperable ahora como resultaba entonces para sus aturdidos discípulos?
A esas cuestiones sólo es posible buscar una solución razonable investigando cuáles podían ser las creencias de aquellos hombres sobre la vida después de la muerte, para valorar si la idea de una resurrección como la que narraban es una ocurrencia lógica en sus esquemas mentales.

De entrada, en el mundo griego hay referencias a una vida tras la muerte, pero con unas características singulares. El Hades, motivo recurrente ya desde los poemas homéricos, es el domicilio de la muerte, un mundo de sombras que es como un vago recuerdo de la morada de los vivientes. Pero Homero jamás imaginó que en la realidad fuese posible un regreso desde el Hades.

Platón, desde una perspectiva diversa había especulado acerca de la reencarnación, pero no pensó como algo real en una revitalización del propio cuerpo, una vez muerto. Es decir, aunque se hablaba a veces de vida tras la muerte, nunca venía a la mente la idea de resurrección, es decir, de un regreso a la vida corporal en el mundo presente por parte de individuo alguno.
En el judaísmo la situación es en parte distinta y en parte común. El sheol del que habla el Antiguo Testamento y otros textos judíos antiguos no es muy distinto del Hades homérico. Allí la gente está como dormida. Pero, a diferencia de la concepción griega, hay puertas abiertas a la esperanza.

El Señor es el único Dios, tanto de los vivos como de los muertos, con poder tanto en el mundo de arriba como en el sheol. Es posible un triunfo sobre la muerte. En la tradición judía, aunque se manifiestan unas creencias en cierta resurrección, al menos por parte de algunos.

También se espera la llegada del Mesías, pero ambos acontecimientos no aparecen ligados. Para cualquier judío contemporáneo de Jesús se trata, al menos de entrada, de dos cuestiones teológicas que se mueven en ámbitos muy diversos. Se confía en que el Mesías derrotará a los enemigos del Señor, restablecerá en todo su esplendor y pureza el culto del templo, establecerá el dominio del Señor sobre el mundo, pero nunca se piensa que resucitará después de su muerte: es algo que no pasaba de ordinario por la imaginación de un judío piadoso e instruido.

Robar su cuerpo e inventar el bulo de que había resucitado con ese cuerpo, como argumento para mostrar que era el Mesías, resulta impensable. En el día de Pentecostés, según refieren los Hechos de los Apóstoles, Pedro afirma que «Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte», y en consecuencia concluye: «Sepa con seguridad toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis» (Hch 2,36).

La explicación de tales afirmaciones es que los Apóstoles habían contemplado algo que jamás habrían imaginado y que, a pesar de su perplejidad y de las burlas que con razón suponían que iba a suscitar, se veían en el deber de testimoniar.

D. Francisco Varo.
www.primeroscristianos.com

sábado, 20 de abril de 2013

Conversación en el camino de Emaus


“Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia” (Amigos de Dios, n. 313).

"La presencia del Señor inspiraba una gran confianza, pues con apenas dos frases provocó la confidencia de los discípulos: “comprende su dolor, penetra en su corazón, les comunica algo de la vida que habita en Él” (Es Cristo que pasa, n. 105). Sus esperanzas de que Jesús redimiera a Israel habían terminado con la crucifixión. Al salir de Jerusalén, sabían ya que su cuerpo no se encontraba en el sepulcro, y que las mujeres afirmaban haber recibido el anuncio de su resurrección a través de unos ángeles; pero no creen (Cfr. Lc 24, 17-24), están tristes y titubeantes en la fe. “Entonces Jesús les dijo: -¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los Profetas! ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria? Y comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él” (Lc 24, 25-27).

¡Qué conversación sería aquella! Pero “se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que -sin darse cuenta- han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya. Porque Jesús les saluda con ademán de continuar adelante” (Amigos de Dios, n. 314). Sin embargo, “los dos discípulos le detienen, y casi le fuerzan a quedarse con ellos” (Es Cristo que pasa, n. 105). Le ruegan: “mane nobiscum, quoniam advesperascit, et inclinata est iam dies” (Lc 24, 29); quédate con nosotros, porque sin ti se nos hace de noche. Jesús se queda, “y cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia. Y se dijeron uno a otro: -¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 30-32).

Comentando este pasaje, san Josemaría lo aplicaba también al apostolado de aquellos cristianos que, en medio del mundo, están llamados a hacer presente a Cristo en todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas de los hombres (cfr. Es Cristo que pasa, n. 105).

“Nonne cor nostrum ardens erat in nobis, dum loqueretur in via? -¿Acaso nuestro corazón no ardía en nosotros cuando nos hablaba en el camino? Estas palabras de los discípulos de Emaús debían salir espontáneas, si eres apóstol, de labios de tus compañeros de profesión, después de encontrarte a ti en el camino de su vida” (Camino, n. 917). El Señor quiso aparecerse a Cleofás y a su compañero de un modo corriente, como un viajero más, sin hacerse reconocer inmediatamente. Como los treinta años de vida oculta de Jesucristo.

La reacción de los discípulos de Emaús, que se levantaron al instante y regresaron a Jerusalén (cfr. Lc 24, 33), también supone una lección para todos los hombres: “Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha -anochece-, para hablar a los demás de Él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo. Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra” (Amigos de Dios, n. 314).

J. Gil

sábado, 13 de abril de 2013

Historia de Emaus


Con el nombre de Emaús existía una ciudad al oeste de Jerusalén que aparece en el Antiguo Testamento: en el año 165 antes de Cristo, el ejército seléucida de Nicanor y Gorgias, acampado en las proximidades, sufrió una importante derrota a manos de la rebelión judía liderada por Judas Macabeo (Cfr 1 Mac, 3-38; 4-25). También se construyó allí una fortaleza por la misma época (1 Mac 9, 50), de la que todavía quedan algunos restos. 


Su situación estratégica –en el camino entre la ciudad portuaria de Jaffa y Jerusalén, donde termina la llanura y comien-zan las montañas centrales de Palestina– hizo que los romanos la convirtieran en un importante núcleo administrativo a mediados del siglo primero antes de Cristo. Sin embargo, como represalia por un ataque a una de sus cohortes, fue incendiada y arrasada en el 4 a.C. La ciudad debía de estar reconstruida hacia los años 66-67 de nuestra era, porque los historiadores Flavio Josefo y Plinio la enumeran entre las capitales de distrito, y Vespasiano la conquistó en su campaña para someter el levantamiento de los judíos. Pasó entonces a llamarse Nicópolis, ciudad de la victoria, nombre que quedó confirmado cuando recibió el título de ciudad romana, en el año 223.




En el año 638, los árabes invadieron Palestina y conquistaron Nicópolis, que pasó a llamarse Ammwas.Aunque hay noticias de que su población fue evacuada dos años después a causa de una plaga, la ciudad mantuvo su importancia como cabeza de distrito durante la dominación islámica. En junio de 1099, fue el último bastión tomado por los cruzados en su camino hacia Jerusalén. En el siglo XII, durante los reinos cristianos, se construyó una iglesia sobre las ruinas de una basílica de época bizantina. 

Al mismo tiempo, la tradición que identificaba Nicópolis con la Emaús evangélica perdió fuerza frente al dato de la distancia, y se empezó a buscar otro lugar, en un radio de sesenta estadios desde la Ciudad Santa. Primero se sugirió el castillo de Fontenoid, en la actual Abu-Gosh, pero no obtuvo mucho éxito; y en el siglo XIV se propuso El Qubeibeh, que persiste todavía hoy en la tradición recogida por los franciscanos. Desgraciadamente, la iglesia de Emaús-Nicópolis quedó abandonada al irse los cruzados, y la presencia cristiana desapareció de la ciudad hasta finales del siglo XIX. Por iniciativa de la beata Mariam de Belén, religiosa carmelita, en 1878 se compró el terreno donde estaban las ruinas del templo y se reanudaron las peregrinaciones. Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en 1880, en 1924 ( y las que se realizan actualmente han puesto al descubierto los vestigios de dos basílicas bizantinas y de una iglesia medieval –la de los cruzados–, construida con piedras tomadas de las ruinas de las dos primeras.

J. Gil

sábado, 6 de abril de 2013

La aldea de Emaus

La resurrección de Cristo, realizada en las primeras horas del domingo, es un hecho que los Evangelios afirman de modo claro y rotundo. Junto a la presentación de los primeros testimonios del sepulcro vacío –las santas mujeres, los apóstoles Pedro y Juan–, narran diversas apariciones de Jesús resucitado. Entre todas, la de los discípulos de Emaús, descrita con detalles conmovedores por san Lucas, es especialmente entrañable. 

Conocemos bien el principio del relato: "ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido.Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle" (Lc. 24, 13-16).

La Iglesia antigua identificó Emaús-Nicópolis con el sitio evangélico, y los cristianos veneraban allí la casa de Cleofás. Los testimonios más antiguos se remontan al siglo III: Eusebio de Cesarea, en el Onomasticon, un elenco de lugares bíblicos elaborado hacia el 295, sostiene que «Emaús, de donde era Cleofás, el que es mencionado en el Evangelio de Lucas, es hoy en día Nicópolis, una ciudad relevante de Palestina»; y san Jerónimo, además de confirmar esta tesis al traducir el libro de Eusebio al latín, nos ha transmitido que peregrinó en el año 386 a «Nicópolis, que se llamaba antes Emaús, en la que el Señor, reconocido a la fracción del pan, consagró en iglesia la casa de Cleofás» (San Jerónimo, Epistola CVIII. Epitaphium Sanctæ Paulæ). Durante la época bizantina, entre los siglos IV y VII, Emaús-Nicópolis contaría con una nutrida población cristiana, pues fue sede episcopal. 

Con el nombre de Emaús existía una ciudad al oeste de Jerusalén que aparece en el Antiguo Testamento: en el año 165 antes de Cristo, el ejército seléucida de Nicanor y Gorgias, acampado en las proximidades, sufrió una importante derrota a manos de la rebelión judía liderada por Judas Macabeo (Cfr 1 Mac, 3-38; 4-25). También se construyó allí una fortaleza por la misma época (1 Mac 9, 50), de la que todavía quedan algunos restos. Su situación estratégica –en el camino entre la ciudad portuaria de Jaffa y Jerusalén, donde termina la llanura y comien-zan las montañas centrales de Palestina– hizo que los romanos la convirtieran en un importante núcleo administrativo a mediados del siglo primero antes de Cristo. Sin embargo, como represalia por un ataque a una de sus cohortes, fue incendiada y arrasada en el 4 a.C. La ciudad debía de estar reconstruida hacia los años 66-67 de nuestra era, porque los historiadores Flavio Josefo y Plinio la enumeran entre las capitales de distrito, y Vespasiano la conquistó en su campaña para someter el levantamiento de los judíos. Pasó entonces a llamarse Nicópolis, ciudad de la victoria, nombre que quedó confirmado cuando recibió el título de ciudad romana, en el año 223.

Esta tradición antigua y concordante que situaba en Nicópolis la manifestación de Jesús resucitado se mantuvo a lo largo de los siglos a pesar de contrastar con otros dos datos aportados por san Lucas. El evangelista afirma que se trataba de una aldea y no de una ciudad; y que se encontraba a sesenta estadios de Jerusalén, cuando la distancia es de ciento sesenta. Teniendo en cuenta que esa medida griega equivalía a una longitud variable de entre 185 y 200 metros, hay una diferencia de veinte kilómetros. 

Calificar Emaús-Nicópolis de aldea podría justificarse si en tiempos de Jesucristo realmente lo era; es decir, si no había recuperado todavía su esplendor tras haber sido destruida treinta años antes. La disconformidad con la distancia habría de explicarse por un error de transcripción. Se conservan manuscritos del Evangelio de Lucas donde aparecen tanto sesenta como ciento sesenta estadios; y aunque sonmás numerosos los de la longitudmenor, algunos de la mayor se hallaron en Palestina. En griego clásico, las cifras se representaban con letras: sesenta, con una xi; y ciento sesenta, con una rho antes de la xi. Pudo suceder que en alguna copia importante desapareciera la primera letra; si no se conocían los lugares, el descuido habría pasado inadvertido y así se transmitió en las copias sucesivas: un trayecto de sesenta estadios –once o doce kilómetros– parece más asequible que otro de ciento sesenta –treinta kilómetros–, si se considera que los discípulos volvieron a Jerusalén esa misma noche; aunque cabe imaginar que regresaran a lomos de cabalgadura, nada de eso dice el texto evangélico que, sea como fuere, quedó fijado con la lectura de sesenta estadios. 

J. Gil